Bruce Springsteen (2005) Palacio de los Deportes. Madrid

3/27/2010 01:28:00 a. m. Publicado por David Gallardo

Lugar: Palacio de los Deportes. Madrid
Fecha: 2 junio 2005
Asistencia: 15.000 personas
Artistas Invitados: -
Precio: 74 euros
Músicos: Bruce Sprinsgteen (voz, guitarras, piano, teclados, armónica y más)




Setlist: Intro, My Beautiful Reward, Reason to Believe, Devils & Dust, Empty Sky, Long Time Comin', Silver Palomino, For You, The River, State Trooper, Maria's Bed, Highway Patrolman, Reno, Paradise, My Hometown, The Rising, Further On (Up the Road), Jesus Was an Only Son, Leah, The Hitter, Matamoros Banks, Ramrod, Land of Hope and Dreams, The Promised Land, Dream Baby Dream



Yo la quería. La amaba con locura. Juntos habíamos descubierto todo. De la mano habíamos aprendido a crecer y a enfrentarnos a un mundo de adultos al que estábamos obligados a pertenecer. No pudimos descubrir al mismo tiempo a U2, porque eso ya lo llevaba yo de serie, pero sí nos ofreció el destino la posibilidad de sorprendernos y buscar respuestas en la música de Bruce Springsteen sin que ninguno de los dos tuviera ventaja sobre el otro. Largas tardes apenas recién alcanzada la mayoría de edad (legal) buscando en la caja del Tracks pequeñas grandes joyas. Las calles de Carabanchel rugían bulliciosas pero poco nos importaba lo que pasara de puertas hacia afuera de nuestras habitaciones, a pesar de la falta de comprensión de nuestros padres. Nosotros sólo acertábamos a pensar en coches usados, ferias decadentes o bandas callejeras, y fantaseábamos con visitar algún día esa América de la que tantas historias conocíamos a través de las canciones. En los ojos del otro veíamos todo nuestro soleado futuro en el horizonte, esperándonos.

Hubo un tiempo en el que Bruce se convirtió en una especie de obsesión, en los años en los que internet sólo comenzaba su despegue y, por tanto, su música no era tan accesible como ahora. A nuestras trémulas manos fueron llegando discos como Darkness on the Edge of Town, The River, Born in the USA, los dos primeros y más olvidados, Tunnel of Love, los reguleros con los que intentó adaptarse a los noventa y, por supuesto, el Born to Run. Fue en mayo de 1999 cuando por fin tuvimos la oportunidad de asistir a un concierto de nuestro nuevo héroe común, ya con la lección aprendida de carrerilla y de memorieta, nada menos que en la gira de reunión de la E Street Band tras una década en el dique seco. Aquella noche de casi verano todas nuestras expectativas se vieron cumplidas y, del mismo modo que Landau vio en los setenta al futuro del rocanrol encarnado en este muchachote de New Jersey, nosotros simplemente nos quisimos morir por no haberlo descubierto antes. O por no haber nacido antes, en el momento álgido. La culpa era nuestra, en cualquier caso, aunque estábamos dispuestos a recuperar el tiempo perdido.

Repetimos epifanía en Gijón cuatro años después, en 2003, en el que todavía hoy sigue siendo probablemente el mejor concierto al que he tenido la fortuna de asistir. Una de esas noches en las que sientes que tu cuerpo pesa menos, sientes que te elevas y flotas sobre la música, sobre la gente, sobre el lugar, y que a través tuya las otras miles de personas allí reunidas se comunican con ese más allá que da sentido a todas nuestras vidas. Y todo eso sin una sola cerveza. Pero pocos meses después las cosas se torcieron, derraparon, dieron varias vueltas de campana en una curva cualquiera dejando en mi un agujero imposible de llenar por los tiempos de los tiempos. Por eso cuando se anunció que Bruce visitaría de nuevo Madrid para presentar su disco acústico Devils & Dust en junio de 2005 decidí no meterme en esa maraña de llamadas de teléfonos y dictados de carnets de identidad para conseguir entradas. Yo no podía afrontar eso en solitario, necesitaba a mi otra mitad, la que ya no estaba. Yo estaba muerto en vida y sólo quería que alguien certificara por escrito que requería de los servicios de algún oscuro nicho.

Sin embargo, la primavera es capaz de propiciar los más inesperados milagros, y la mañana que estrenaba el mes de junio recibí una llamada que me ofrecía entradas para el concierto. No pensaba asistir, pero de mis labios salió una respuesta afirmativa totalmente inconsciente, como si alguien hubiera hablado a través de mi. Apenas 24 horas después ya estaba entrando en el pabellón, con el corazón en un puño, la garganta echa un nudo, las pelotas bien agarradas y los ojos náufragos en un mar de sensaciones encontradas. La entrada que había llegado a mis manos por pura casualidad resultó estar colocada en las primeras filas, para más inri, lo cual me otorgaba una visión privilegiada entre las 15.000 personas allí congregadas para el culto.





Apagarse las luces y sentir cómo se me rompió el corazón fue todo uno. Tener a Bruce apenas a diez metros fue emocionante, pero definitivamente insoportable fue escuchar su voz retumbando con esa presencia y musculosidad en todo el recinto. Tal tormenta provocó que pronto mi boca comenzara a adquirir cierto sabor a sangre. Mi corazón bombeaba con tanta intensidad que mi cuerpo necesitaba expulsarla al exterior. Pensé que morir de dolor en un concierto de Bruce no era un mal punto y final para alguien que desea extinguir su llama. Mientras tanto, el desconocido compañero de asiento de mi derecha lloraba desconsolado. Quien sabe qué irrepetibles vivencias habían vuelto a él para castigarle. Cantaba Empty Sky el amigo americano cuando me derrumbé por completo sobre mi asiento, manos en el rostro, cabeza entre las piernas. Sollozos y aullidos por un tiempo feliz que se fue y que nunca volverá, por el amor perdido de una vida que ya es de otro.

La siguiente hora y media fue la más insoportable que haya pasado jamás en un concierto. Él no era él, era ella, y aunque yo quería tocarla, hablarla, abrazarla, nunca podría hacerlo de nuevo. Llevaba un par de años sin poder enfrentarme a la música de Springsteen y ahora me la encontraba cara a cara en un callejón oscuro, sin salida, poco apacible, de esos en los que sabes que algo malo va a pasarte. Mis heridas tal vez sólo habían comenzado a cerrarse semanas antes, y ahora sentía cómo alguien me acuchillaba por la espalda y movía una navaja bien afilada a derecha e izquierda entre mis costillas. Yo intentaba sacármela, desclavármela como única opción para seguir adelante, pero no era capaz y en cierto modo el dolor me proporcionaba paz conmigo mismo. Sólo cuando muchos nos levantamos, abandonamos nuestras sillas y nos acercamos a pie de escenario para saludar a Bruce en las últimas canciones pude sofocar en cierto grado el ardor de los pinchazos.





El concierto acabó con una especie de nana. Todos acunados, estupefactos cada uno a su manera y por sus motivos, nos vimos las caras al encenderse las caras del pabellón, cuando ya no hay caretas y nada importa. Mi lucha había acabado y estaba esperando el veredicto de los árbitros. Un poco desorientado, caminé por las calurosas calles de Madrid sin rumbo fijo, ahogado por recuerdos, sensaciones, estrofas y estribillos, sólos de saxofón y evocadores pasajes de piano. Sin darme cuenta había llegado a la puerta del cementerio de Carabanchel, por supuesto totalmente desierto. No esperaba que la puerta estuviera abierta, pero lo estaba y la abrí con un leve empujoncito. No tenía miedo, pues entre sus tumbas ya había correteado con mis amigos del colegio siendo un chavalín en busca de aventuras, de modo que no me era un lugar extraño. Después lo había visitado una vez más, pero no habia tenido valor para regresar.

Me planté ante su tumba con los brazos caídos, la cabeza agachada y las lágrimas brotando de mis ojos con fiereza. Quería decirla que venía de ver a Bruce, que había sido apoteósico, que me había dado recuerdos para ella, que había cantado algunas de nuestras canciones preferidas, aunque algunas de ellas las había cambiado tanto que prácticamente resultaron irreconocibles. Pero ninguna palabra me salía. Me arrodillé y por un momento pensé buscar una pala y enterrarme vivo a su lado, pero sólo para arrastrarme encontré fuerzas. Thunder Road, una de las más amargas a la par que esperanzadoras canciones jamás escritas sonaba en mi cabeza, como siempre de manera obsesiva. Fue en ese instante cuando me tumbé sobre su lápida mirando las estrellas y, por primera vez en mucho tiempo, sentí el calor del abrazo eterno de la persona amada. Cerré los ojos, canté en un susurro y sentí que me perdonaba. Y por primera vez en mucho tiempo por fin sentí que tenía ganas de vivir.



Descarga el audio de este concierto clickando AQUÍ.
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A ESTE OTRO AQUÍ, verás un montón de fotos.


Hemos visto a Springsteen en concierto más veces, mira, lee:
- Bruce Springsteen & The E Street Band (2003) El Molinón. Gijón



4 comentarios:

  1. Muñeco Animado Japonés dijo...

    ESTO ES LO QUE TU RELATO ME HA TRAIDO A LA CABEZA, EN VERSIÓN ROCKERA, CLARO:

    It was many and many a year ago,
    In a kingdom by the sea,
    That a maiden there lived whom you may know
    By the name of Annabel Lee;
    And this maiden she lived with no other thought
    Than to love and be loved by me.

    I was a child and she was a child,
    In this kingdom by the sea;
    But we loved with a love that was more than love-
    I and my Annabel Lee;
    With a love that the winged seraphs of heaven
    Coveted her and me.

    And this was the reason that, long ago,
    In this kingdom by the sea,
    A wind blew out of a cloud, chilling
    My beautiful Annabel Lee;
    So that her highborn kinsman came
    And bore her away from me,
    To shut her up in a sepulchre
    In this kingdom by the sea.

    The angels, not half so happy in heaven,
    Went envying her and me-
    Yes!- that was the reason (as all men know,
    In this kingdom by the sea)
    That the wind came out of the cloud by night,
    Chilling and killing my Annabel Lee.

    But our love it was stronger by far than the love
    Of those who were older than we-
    Of many far wiser than we-
    And neither the angels in heaven above,
    Nor the demons down under the sea,
    Can ever dissever my soul from the soul
    Of the beautiful Annabel Lee.

    For the moon never beams without bringing me dreams
    Of the beautiful Annabel Lee;
    And the stars never rise but I feel the bright eyes
    Of the beautiful Annabel Lee;
    And so, all the night-tide, I lie down by the side
    Of my darling- my darling- my life and my bride,
    In the sepulchre there by the sea,
    In her tomb by the sounding sea.

    Edgar Allan Poe

  2. Anónimo dijo...

    Nunca había leído nada sobre Springsteen en este tono, y me ha dejado destrozada… pero por algún motivo también esperanzada. La música a veces nos enfrenta a lo que más tememos, pero del doloroso reto podemos salir reforzados.

  3. Anónimo dijo...

    Joder...
    Es tremendo sí. Todas las emociones que llevo dentro están revoloteando por el salón. Acaban de salir y no sé cuándo volverán para quedarse...
    La música de bruce puede hacer daño, a mí me ha producido mucho dolor en infinitas ocasiones, aunque todos conozcamos la otra cara de la moneda, cuando te hace sonreir, bailar, tomar cervezas en el bar de al lado del estadio... Pero en la soledad, en el coche, por la noche y en los amaneceres, la música de bruce puede llegar tan profundo... que duele muchísimo.
    La historia es sobrecogedora... triste, intensa, dolorosa...Aunque como dice kate te deje algo de esperanza en los labios...
    Me quedo con la parte desgarradora, porque es la que con más facilidad conecta con lo que soy..

  4. Jota78 dijo...

    Me gustaría creer que ésta no es más que otra de tus magníficas ficciones, pero la vivacidad de sus emociones me hace dudar. En cualquier caso, como pieza literaria es una perla.

    Yo estaba trabajando en un rodaje en Mallorca cuando se anunció esta gira, y volvía a Madrid un par de días después del concierto. Pero sabía que perdérmelo me iba a perseguir toda la vida, así que hice lo único que podía hacer: pedir el día libre y rogarle a un amigo que moviera sus hilos para conseguirme una entrada de Badalona. El amigo, por cierto, era el director de la peli, así que le eché morro...

    No me confirmó que tenía una entrada hasta las tres de la tarde ¡del mismo día del concierto! Agarré la mochila, cogí un taxi que cruzó la isla, cogí el primer vuelo a Barcelona sin mirar el precio, luego otro taxi hasta Badalona... y volví a la mañana siguiente a Mallorca. Me fundí las dietas de la película, pero huelga decir que valió la pena.

    Dream, baby, dream...

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