Bruno Mars (2018) Wanda Metropolitano. Madrid

Bruno Mars monta su luminoso propio reino en Madrid

Tiene convencida Bruno Mars por lo menos a toda una generación. De largo. Los más jóvenes le ven como el ídolo indiscutible del pop del siglo XXI y tienen motivos para ello. Según vamos retrocediendo en la fecha de nacimiento y sumando años en el carnet de identidad surgen progresivamente más dudas y peros. No para una negación rotunda, pero sí para una contextualización necesaria de los acontecimientos.

Hay datos incontestables como las 55.000 entradas agotadas en el primer concierto en la corta vida del Wanda Metropolitano -que mucho tendrá que mejorar en cuestiones de acústica porque es poco menos que una caja de truenos-. También es incontestable el ímpetu jaranero de un público variopinto y de todas las edades que sabe perfectamente lo que tiene que poner de su parte para que la noche de viernes en la ciudad fluya adecuadamente. Ambiente festivo inmejorable, vaya.

Y llega Bruno Mars (Peter Gene Hernandez, Honolulú, Hawái, 1985) des…

Roger Waters (2018) WiZink Center. Madrid



Lugar: WiZink Center. Madrid
Fecha: 24 mayo 2018
Asistencia: 15.000 personas 

Roger Waters arroja toda la épica de Pink Floyd contra los cerdos que dominan el mundo

Lo de Pink Floyd siempre fue básicamente música para flipar. Canciones grandilocuentes cargadas de épica, con evocadores y envolventes desarrollos instrumentales que inevitablemente desembocan en todo tipo de clímax: Que si puños al cielo, que si ojos cerrados, que si contoneo involuntario, que si aullidos espontáneos.

Pues bien, todo eso y mucho más se vivió en la noche de este jueves en un WiZink Center casi completo de aforo en la primera de las dos noches que Roger Waters tiene en Madrid para regocijo de sus fieles -muchos de los cuales hacen doblete entregados sin fisuras a la causa-. Porque aunque el británico supuestamente presente su primer disco en solitario en 25 años, Is this the life we really want?, en realidad nos hemos congregado para meternos Pink Floyd en vena.

Y así arranca la velada con Breathe, Time, el reprise de Breathe y The great gig in the sky -con lucimiento de las coristas Jess Wolfe y Holly Laessig-, todas ellas del álbum The dark side of the moon (1973), el segundo álbum más vendido de todos los tiempos con más de cincuenta millones de copias, tan solo superado por Thriller de Michael Jackson. Intercalada en el inicio también One of these days, pieza del sexto disco de Pink Floyd, Meddle, de 1971.


Se sientan así las bases de un concierto que es en realidad una película musicada, el auténtico teatro del rock del que, de hecho, Roger Waters es indudablemente padre. Y poco importa que el músico abandonara la legendaria banda en 1985 tras veinte años de servicios, pues con el tiempo se ha convertido en el verdadero y ahora único guardián de su legado. Concretamente el comprendido entre 1971 y 1985, los años en los que él estuvo al mando.

La poderosa Welcome to the machine cierra la primera acometida de clásicos y deja paso a las canciones del nuevo álbum de Waters, durante las cuales, como es tradición en estos casos, hay éxodo masivo a por avituallamiento. Aunque Deja Vu, The last refugee y Picture that no desmerecen en absoluto dentro del repertorio, pero palidecen ante el arsenal que los músicos tienen preparado y que lanzan con una nitidez de sonido envolvente sobresaliente.

En estado de solemnidad inducida comienzan a sonar los acordes acústicos de Wish you were here, con los guitarristas Dave Kilminster, Jonathan Wilson y Gus Seyffert luciéndose en busca de la excelencia que se les exige a quienes ocupan el lugar histórico de David Gilmour -custodio del legado de Pink Floyd, dueño del nombre junto a Nick Mason, desde que los jueces les dieron la razón en los ochenta hasta la actualidad, aunque la banda esté oficialmente finiquitada-. Un momento de enamoramiento colectivo y un mar de teléfonos móviles con miles de personas adultas viajando en el tiempo y con las canillas temblando.

Sigue The happiest days of our lives y entonces explota Another brick on the wall y cambia el estado de ánimo del pabellón, de la emotividad a la rabia, con una fila de niños (madrileños) vestidos con monos naranjas de presos y bolsas negras tapando sus cabezas mientras la gigantesca pantalla que ocupa literalmente todo el fondo del pabellón lanza esas imágenes animadas marca de la casa que marcaron a fuego a toda una generación. Grito de guerra mediante, puños en alto y los niños se quitan las bolsas, se desprenden de los monos y enseñan al mundo sus camisetas con una leyenda desafiante en los tiempos que corren: Resist.

AVASALLADORA SEGUNDA PARTE

La política ha estado presente hasta ahora porque todo es política y las imágenes que vemos no están ahí por casualidad, pero es en el descanso de veinte minutosanunciado por el propio Roger cuando empieza la traca con mensajes en la pantalla como Resist Mark Zuckerberg, Resist Antisemitism, Resist Propaganda. También carga contra la represión de Israel en Gaza y denuncia la posibilidad de una guerra den Irán. Resistamos frente a un mundo hostil, en definitiva, algo siempre latente en las canciones a contracorriente de Pink Floyd por los siglos de los siglos. Porque Pink Floyd es una forma de vida, siempre lo ha sido y siempre lo será. Solo militar ya significa muchas cosas.





Arranca la segunda parte del espectáculo, que va a más en lo visual cuando se despliegan a lo ancho desde el techo del pabellón unos grandes telones que se convierten en la central eléctrica de Battersea, esa que aparece en la portada de Animals (1977), otro de los célebres discos de Pink Floyd que tuvieron su turno en la velada, como Wish you were here (1975) y The Wall (1979).

Con sus chimeneas incluso humeantes, el recurso escénico es apuntalado por dos salvajes interpretaciones de Dogs y Pigs (Three different ones), con los músicos con caretas de cerdos brindando con champán para celebrar que son los amos del mundo y nos mantienen atrapados en una "pesadilla distópica". "Los cerdos gobiernan el mundo", sentencia una pancarta de esas de manifestación que el propio músico alza y que luego cambia por otra masivamente aplaudida con alboroto generalizado: "Que les den a los cerdos".

Aún no ha acabado Pigs y el gentío está flipando con el icónico cerdo volador de Animals que lleva por un lado el mensaje 'stay human' en inglés y por otro 'permanece humano'. Es momento entonces de subir al siguiente nivel con frases del presidente de Estados Unidos en las pantallas y un "Trump es un cerdo" en perfecto castellano. Ataque directo al archienemigo de Roger Waters en esta gira.




Money remata este tramo furibundo, el corazón del Us + Them Tour de Roger Waters, que no solo va contra Trump, sino que se acuerda también en Money de todos los líderes mundiales, del G8, del FMI y de quien haga falta. Putin, Erdogan, Le Pen, Netanyahu, Mariano Rajoy... Los líderes porcinos de esta "pesadilla distópica" que solo piensan en el dinero, mientras las pantallas bombardean con imágenes de guerras, de pobreza extrema, de niños recogiendo basura, del muro de Palestina, de violencia en manifestaciones.

Us + Them y Smell the roses, canción esta última de su más reciente disco en solitario, viene a poner el contrapunto a la avalancha sociopolítica levantada con Dogs, Pigs y Money. Y hay cambio de tercio para levantar con láser el prisma más famoso del rock, el de The dark side of the moon mientras suenan Brain damage y Eclipse en un pasaje de embelesamiento generalizado, de esos de mantener los ojos o muy abiertos o apretarlos para cerrarlos. Sin término medio. Y aullar. Aullar mucho.




DESPEDIDA Y CIERRE

La delicadeza acústica (y apocalíptica) de Mother se hace con el pabellón mientras Waters canta eso de "Mother, do you think they'll drop the bomb? Mother, do you think they'll like this song? Mother, do you think they'll try to break my balls? Mother, should I build the wall? Mother, should I run for president? Mother, should I trust the government?". Y ya se siente que se acerca el desenlace porque llega el momento del cierre con uno de los mejores solos de guitarra de la historia del rock, uno de esos que parten almas en dos y destruyen pabellones.

Comfortably numb es la vía de escape para una velada de dos horas y media de intensa estimulación sensorial. Por eso viene bien el berrido generalizado y por eso el solo final de más de dos minutos largos del guitarrista David Kilmister salva unas cuantas vidas cada noche. Y por eso Roger Waters sentencia ante una ovación cerrada: "Hay mucho amor aquí esta noche, podemos sentirlo. Necesitamos este amor que hay aquí para repartirlo por ese mundo de ahí fuera".

CRÓNICA PUBLICADA ORIGINALMENTE POR David Gallardo EN EUROPA PRESS

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