¡Disparen a ese pianista!: Spotify nos dejará bloquear a los artistas que no queramos escuchar

Buenas noticias para los usuarios compulsivos de Spotify, como quien esto escribe, pues pronto podremos obviar lo que no nos dé la gana escuchar. Porque a todos nos ha pasado alguna vez que al rato de terminar un disco o una canción acabamos preguntándonos: "¿Pero qué mierda es esta que estoy escuchando?" Sí, a todos nos ha pasado, está claro, pues más pronto o más temprano caemos en manos del dichoso algoritmo que nos cuela cualquier cosa.

Pero eso puede que nos ocurra menos a partir de bien pronto, pues Spotify está probando una nueva funcionalidad que nos permitirá a los usuarios bloquear a los artistas que no queramos escuchar. Una reivindicación histórica, por así decirlo, pues aunque pensemos que ahora decidimos más que nunca y todo eso, la realidad es que también nos cuelan muy porquería en las plataformas de streaming.

Pero lo dicho, que silenciar-bloquear a un artista será tan sencillo como acceder a su página de perfil en Spotify y darle al botón para ello. Esta de…

O sea, ¿que Queen son los nuevos Doors?



Ahora que ya os tengo pillados flipando, me explico. Cuando yo estaba en el cole se estrenó la peli de Oliver Stone sobre los Doors. Sí, joder, el papelón para el que había nacido Val Kilmer antes de pasarse con los Doritos (con receta o comprados en cualquier callejón, a saber).

Era 1991 así que, por situarnos, yo tenía doce para cumplir trece años. No me acuerdo de grandes detalles, por tanto, pero sí que alguien se compró el puto 'nuevo' recopilatorio de los Doors y estábamos todos arrojándole las TDKs porque queríamos nuestra mierda.

De repente Jim Morrison volvía a ser lo más. Seguramente, de hecho, era más lo más que nunca había sido comercialmente. Porque el apoyo de un biopic resultón y solvente hace maravillas. Tal es el poder de esa gran pantalla tan denostada de un tiempo a esta parte por los impuros.

Lo que recuerdo es que básicamente Jim Morrison era el puto amo aunque llevaba veinte años muerto. Su figura se había agrandado en el cine, había ganado en épica y había trascendido todas las puertas de la percepción que en vida se quedaron a media. Vamos, que lo había petado hasta entre los cuñaos.

También recuerdo sentir que era muy fuerte que ese pavo molara tanto a pesar de haberse muerto veinte años antes. En otro puto siglo (que no). En otro maldito universo (que tampoco). Para un chaval de doce años, veinte son dos vidas. Pero todo cambia con la dichosa perspectiva de las narices.

Porque también recuerdo claramente el día en el que murió Freddie Mercury, en noviembre de ese mismo 1991. Había una pava en clase que era la hostia de fan y lloraba desconsolada. Incluso hizo con un rotu una pintada en el Parque Eugenia de Montijo que todavía sé donde está y se ve un poquito.

Y yo es que no hice mucha tragedia porque por aquel entonces, en el otoño de 1991, andaba enfrascado con el Achtung Baby de U2. Que no os lo vais a creer, pero entonces, ¿sabéis qué? ¡Era jodidamente nuevo! Era lo que había con Bono y tal. Malditos noventa, una de cal y otra de arena. O sea, la vida, en realidad.

Pero sí que me quedé contrariado, porque claro que conocía a Freddie. Primero por el videoclip del bigote y los zapatos de tacón, como ahora mis hijos, que no dan crédito. Y tenemos un póster con él así en el salón. Es que hablamos de 1984 cuando hizo eso. Qué huevos, eh.

Y tengo otros muchos recuerdos de Queen sobre los que solo voy a sobrevolar. Pues la portada de The Miracle (1989), ver al tipo sin bigote en I want it all, la pasada loquísima de Innuendo (1991). La movida intensísima de The show must go on cuando triunfó tras la muerte de Freddie.

Creo que hay peña mogollón de valiente y generosa ahí fuera, según pasan los años me asusta más la mediocridad. Ando esta noche con el Made in Heaven (1995), que como álbum póstumo es aún más intrépido al confeccionarse con las voces de un amigo muerto que, además, dejó su último aliento en el micrófono.

Y de estas cosas, ahora, en 2018, se acaba de enterar toda una nueva generación. Por eso el Platinum Collection de Queen, que reúne los tres Greatest Hits de rigor, es el disco más vendido de Amazon.es este año. ¿Por qué? Pues por el biopic de turno ese del que todos habláis y, oh confesión, no he visto.

Pero la cuestión no es esa, la cuestión es que Freddie murió en 1991 y estamos en 2018, así que hace 27 años. Cuando se estrenó la peli de los Doors hacía 20 y a mi me parecía que eso no podía haber ocurrido en el mismo planeta que yo pisaba. Pero de la muerte de Jim ya se cumplen entonces... joder, ¡47 años!

Lo que me queda claro es que Queen son los nuevos Doors para toda una nueva generación. Básicamente porque desconocían absolutamente de su existencia y, al dar con ellos, han sucumbido sin más. Tal es el poder de la música atemporal creada por ambas bandas -el resto es una movida industrial de la que hablamos cuando queráis, pero no ahora, que es un coñazo-.

Además, huelga no obviarlo, hablamos de dos los cantantes más carismáticos y magnéticos a la par que excesivos que dio la historia del rock. Esa parece ser la combinación, aparte de morir antes de tiempo, si bien es verdad que Jim nos dejó a los 27 y Freddie a los 45. Lo cual, atención, quiere decir que en realidad el primero tendría 75 y el segundo 72. Putabida de los huevos.

Y en definitiva, que aunque nos riamos ahora con que los cuñados están regalando Queen a mansalva y que si tal y que si cual, ¿acaso no resulta magnífico que estemos hablando de estas dos bandas como si fueran Carolina Durante? Todos nos sentimos desconsolados a veces en la rutina, pero me gusta pensar que estos dos troncos lo gozan contemplando el percal que montaron y que aún sigue goteando. Es solo una canción y me siento mejor.

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