Loquillo (2020) WiZink Center. Madrid

Loquillo reabre el WiZink Center: el rock al rescate

De la misma manera que fui a Los Punsetes en Moby Dick a finales de mayo con Ricardo y en junio a la parodia aquella del autocine, también con Ricardo porque de lo contrario ya me siento mazo de solo, este viernes había que estar en la reapertura del WiZink Center. Un lugar indudablemente milenario para todos nosotros desde cuando solo era Palacio de los Deportes, en el que tantas noches de pasión y crucifixión hemos pasado a lo largo de los años.

¿Quién no tiene un recuerdo de puta madre allí y en los aledaños? Pero que a ver, muchachada, que hicimos hasta previo con cerves y una copita de esas de urgencia porque sí, sin hacer preguntas, sin dar explicaciones. ¿Un roncito rápido? No me jodas, si te lo pides tú me lo pido yo. Pues claro, estamos a punto de volver a un concierto aquí en Goya, que no venimos desde aquella otra vida cuando los Editors en febrero. Cinco putísimos meses que tú me dirás qué mierdas hemos vivido. Eso merece…

Un concierto sin gente es un ensayo



Un concierto sin público es un ensayo. Como mucho, si acaso, un ensayo general. No es que tenga la impresión, es que ya lo viví en el Estadio Olímpico de Sevilla en 2012 con Bruce Springsteen & The E Street Band.

Que mira que son la banda sonora de mi vida, que mira que me ponen ahí arriba del todo en los días luminosos, que mira que cuando uno quiere estar triste son también ideales. ¡Que he estado en Asbury Park y en la Calle E esquina con la 10th Avenue, caramba!



Pero aquel sábado por la tarde la cuestión es que invitaron a un grupo de prensa a asistir al ensayo general de la gira europea de Bruce y allí que nos plantamos, evidentemente. Cómo me temblaban las manos, no podía ni despegar la pegatina de la acreditación.

Y aquello no fue un concierto. En el Olímpico de Sevilla caben 72.000 personas, aunque el escenario estaba convenientemente adelantado hacia mitad del césped porque no se había vendido entero. Aquello me lo llevo conmigo, pero fue otra cosa.

Claro que recuerdo cuando salieron todos y cuando apareció Bruce como si fuera la Virgin Mary, pero pasa algo al cabo de unos pocos minutos: tu cabeza se pira y se diluye porque la energía no es la misma. Se hace todo un poco irreal, como que no está pasando.

¿Sabéis cuando los músicos dicen que en un concierto el público es fundamental? Joder, pues es así. Igual deberíamos repartirnos los dividendos más equitativamente, vale, eso estaría guay, porque sin nosotros no hay concierto.

Pero sin ellos no hay canciones, eh, sin ellos no hay convocatoria, no hay vehículo. Ellos son la puta excusa y les pagamos para que nos reúnan y nos toquen. Siempre preferí verlo así: como una cita molona porque ambas partes quieren.

Y en una cita es muy importante el contexto, ¿no? Si a uno de los dos no le gusta el lugar, todo se va a la mierda. Y eso es justo lo que pasa ahora si la propuesta es un recinto medio vacío o quedar por streaming o no poder tocarte apenas.

Porque resulta que nos tocamos mucho y no nos damos cuenta. Nos tocamos mazo cuando nos pasamos una cerveza, ¿no os habéis dado cuenta? Cada vez que le pasas el mini-cachi-maceta a quien sea, eso va a acompañado de una caricia por la espalda, de un cachete en el culo, de un algo.

Y mientras esa pequeña electricidad nos va moviendo, en el escenario estalla algo. Todos nos hemos perdido muchos conciertos que sucedieron sin nuestra presencia porque damos igual, pero cuando estamos somos necesarios.

Porque un concierto es libertad y anonimato también. En un lugar medio vacío todos se miran unos a otros y eso te coarta. No eres libre. Y durante lo que dura un concierto guay somos extremadamente libres para comportarnos como mandriles. Para ser solo nosotros los unos con los otros, como en los pogos.

De todo eso va la movida. Y todo eso es lo que falta. La peña está obsesionada con las terrazas de los bares y las playas, pero yo lo que echo en falta es la anarquía de un concierto en el que todo está bien visto: incluso cantar y bailar como el puto culo. A nadie le importa, está bien.

Ese grado de libertinaje es lo que nos hace, claro, libres. Y ni lo tenemos ni lo vamos a tener en conciertos en los que entre un tercio del aforo. Porque nos vamos a cortar, nos vamos a mirar de reojo, nos vamos a limitar. Con suerte, al cabo de un rato, conseguiremos pasar de todo y recordar un poco como era aquello.

Y pasa también, de verdad, que por mucho que tengas delante a Bruce Springsteen, sin la energía vital rebotando sobre nuestras cabezas, te dispersas y medio te aburres. No te puedes mover del sitio, si te dar por correr (anda que no me gusta eso en las bandas de los estadios y al fondo) queda como medio mal.

El 12 de mayo de 2012 lo gocé pero fue diferente. Y eso que nos dejó una interacción para toda la vida, las cosas como son. El 13 de mayo, sin ser algo exclusivo, fui yo hasta tal punto que me rompí el tobillo haciendo la cabra por la pista del concierto. No sé si me explico: necesito ese espacio de enajenación anónima, de liberación animal.



Ocurre que, por mucho que te guste un grupo o un notas, sin más gente alrededor es otra cosa. No es un concierto. Recuerdo que en el ensayo me dispersé y no lo diré, pero un poco me aburrí. Fue un ensayo de hora y media con Bruce Springsteen & The E Street Band y puedo confesar que me aburrí. 

No tiene maldito sentido, pues es un sueño para cualquiera mínimamente fan, pero sí que pasó. Hacía calor, yo qué sé, matadme. Pero de manera que si vais a ir a algún concierto con menos aforo o en los coches o lo que sea, yo me lo pensaría. Hace tanto que no vamos a un concierto guay, que sería una pena que el regreso fuera en vano.

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